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Zapatos, un escritorio con libros, revistas, flores, un ordenador, velas, mis cosas...¿ que mas quiero?

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jueves, 17 de octubre de 2013

LA IGNORANCIA MATA


La ignorancia mata



En 1986 yo tenía veinte años y un trabajo que me permitía vivir por mi cuenta. Cuando lo dejé, podía haber cobrado la prestación del paro y haber sido atendida por la Seguridad Social si hubiese sufrido uno de mis ataques de asma. No lo hice, rápidamente encontré otro trabajo.

Los programas más comentados de la televisión eran 'Informe Semanal' (reportajes en profundidad), 'La Edad De Oro' (música de vanguardia) y 'La Clave' (debate político). Los más vistos, 'La Bola de Cristal' y 'El Kiosko', espacios para niños en los que se incluía poesía, música y educación ambiental. Jamás escuché en uno de esos programas amenazas de muerte, insultos, comentarios vejatorios hacia las mujeres o sexualmente ofensivos.

Una de las peores experiencias de mi vida fue el paso por un 'reality': ocho días que casi me la destrozan. Pero quizá fuera necesaria para que saliera de mi burbuja de cristal y entendiera por qué nadie sale a la calle a protestar contra unas tasas judiciales que permiten que sólo los ricos puedan acceder a la justicia (y que han conseguido por una vez la unanimidad absoluta de jueces, fiscales, abogados y procuradores); contra una reforma laboral que ha acelerado la caída salarial y no ha creado empleo, y contra una reforma sanitaria que condena en ocasiones a la muerte a enfermos crónicos en paro, pensionistas, personas con dependientes a su cargo, inmigrantes o familias con bajos ingresos. Y cuando digo muerte, digo muerte. La ignorancia mata. Que se lo pregunten a Médicos del Mundo.

Cuando salí de aquel sitio manifesté mi asombro tras comprobar que cinco de los concursantes que allí estaban no sabían quién era Soraya Sáenz de Santamaría. Una presentadora de televisión me dijo: “Pues eso no es malo”. Sí: es malo. Es peligroso. Una masa anestesiada con sensacionalismo barato a la que se le propone como modelo triunfador la ignorancia es fácilmente manipulable: nadie protesta cuando ni siquiera sabe lo que está pasando.

Una masa que ha aprendido a vociferar a gritos (insultando, amenazando, vejando) sobre lo que no les afecta (la vida privada de los otros), pero no a protestar sobre lo que sí (el futuro de su propia vida). Los cántaros vacíos son los que hacen más ruido.

Cuando leí 'Aimée' y 'Jaguar', un impresionante documental histórico sobre la relación de dos mujeres en la Alemania nazi, me aterró leer cómo la joven Felice, judía, que había tenido la oportunidad de salir de Alemania en 1936, decidió quedarse por amor y porque “aquellos nazis no significaban una amenaza real”. Cuando se dio cuenta de la equivocación no había salida posible, a los judíos no se les concedían visados. Falleció en un campo de concentración. Felice había crecido en una familia burguesa en el Berlín de entreguerras, cuarto de estar de la bohemia en un ambiente culto, cosmopolita, abierto. Felice bailaba, se emborrachaba y flirteaba con mujeres casadas ajena al hecho de que la locomotora del nazismo avanzaba dispuesta a atropellarla.

Y yo veo a algunos de mis compañeros de juergas de entonces, que vivimos una juventud gloriosa, llena de libros, de música, de poesía, de confianza en nuestra recién estrenada democracia, que pensamos que todo no podía sino ir a mejor… y me doy cuenta de que no se dan cuenta de la que se nos avecina. Tan inconscientes como Felice.

http://www.lavanguardia.com/magazine/20131010/54388416398/opinion-magazine-lucia-etxebarria-13-octubre-2013.html

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